EP-005 Mi tercer cumpleaños.

Cuando cumplí tres años de edad, seguía viviendo con mi bisabuela, yo casi siempre estaba desarreglada, me gustaba jugar en la tierra y ensuciarme, correr en el patio de la casa, sentirme libre.

Recuerdo que a mi madre me la mostraban en fotografías y yo sabía que efectivamente era su imagen, la reconocía sin dudarlo, tal vez porque la extrañaba y la identificaba como algo que no tenía ni podía tener prontamente. También extrañaba a mi padre y me resultaba difícil comprender la soledad en la que me encontraba, a expensas de los regaños de la bisabuela. Sin embargo, a pesar de todo, era feliz. Trataba en la medida de lo posible de no hacer enojar a la pobre anciana, me alejaba de cualquier peligro, de hacer travesuras y le hacía caso en todo lo que me decía. Y de repente, me hicieron una fiesta de cumpleaños.

Yo estaba emocionada y a la vez confundida, mis padres acababan de llegar y me embargó una sensación de comodidad y alivio. Sabía que si mis padres habían llegado, era para al fin llevarme con ellos. Me bañaron y me pusieron un hermoso vestido blanco con encajes, me peinaron con dos coletas y en un inicio me llenaron de mucho amor. Mi madre se veía hermosa, rozagante, su piel era blanca como la leche y su cabello ondulado de un negro brillante. Ella era delgada, de hecho mi padre también lo era, y se veían como una pareja bonita, ideal. Habían traído para esa tarde un pastel de un solo piso, redondo y grande. Estaban los niños que eran mis primos, e invitaron a muchos niños vecinos, que probablemente yo  ya había visto y conocido. Sin embargo, por mi corta edad, tenía demasiadas emociones encontradas, y quería disfrutar de mi momento. ¿Y qué niño no lo haría?, ¿qué niño no se animaría a empalagarse de sus padres y tratar de estar con ellos en mayor medida, cuando ha transcurrido un lapso considerable de tiempo sin siquiera verlos?

Se llegó el momento de la famosa canción de las mañanitas, y uno de los niños invitados sopló  las velas del pastel, lo cual causó en mí cierta frustración y coraje, sentí que se habían metido en mi territorio, que sólo a mí me correspondía apagar esas velitas, así que en medio de la multitud me atreví a hacer una rabieta, y grité y lloré a como me dieron las fuerzas, estaba enojada y mi padre me tomó en sus brazos para tranquilizarme, pero nada funcionaba. En mi cabecita creía que ya todo se había arruinado, y los niños reían, platicaban y comían. Mi padre me llevó hasta el patio en el cual se encontraba una piñata con forma de caballito, y me animaba estando en sus brazos a golpearla, pero yo me negaba, quizás porque la frustración de tanta soledad acumulada, había salido precisamente en ese día, recordando todos los desplantes de la anciana y de los demás niños que me hicieron la vida imposible.

Detrás de nosotros, a lo lejos,  pude ver a los invitados que me miraban extrañados por el berrinche monumental que yo estaba haciendo, y fue cuando me percaté que además de mi padre, no había nadie más consolándome. Mi madre estaba junto a la multitud, viéndonos con demasiada molestia, estaba en su pose de brazos cruzados, la cual repetiría en otras ocasiones cada vez que no estuviera de acuerdo con alguna situación. El rostro de mi madre se llenó de ira y le restó belleza y armonía, así que supe desde ese momento que mi mayor refugio por mucho tiempo, sería mi padre.  Sólo estando a esa distancia pude percibir el atuendo sencillo que traía mi madre, una falda hasta las rodillas y una blusa de manga corta, de colores blanco y verde, y el estar observándola detenidamente de alguna manera me calmó. No obstante, la fiesta terminó abruptamente para mí, o quizás mi drama fue tan prolongado, que incluso del pastel nada había quedado. Los invitados se habían marchado, y aunque la calma se había hecho presente, mi madre continuaba distanciada de mí.

Es probable que al día siguiente me haya marchado con mis padres, llena de alegría porque al fin podía estar y vivir a su lado. Con el pasar del tiempo y a medida que yo iba adquiriendo comprensión de las cosas, mi madre me confesó que una vecina, le recomendó ir a mi encuentro y traerme de nuevo a su vida, porque supuestamente un hijo nuca debe estar lejos de sus padres y menos a tan corta edad, que no importaba lo difícil de la situación económica, lo ideal de ganarse la vida es hacerlo al lado de los hijos. En el lapso de tiempo durante el cual yo estuve viviendo con mi bisabuela, mis padres estuvieron trabajando en Ciudad Juárez, Chihuahua, y ahí es a donde me llevaron, un lugar en el que viví y presencié otras cosas, y que constantemente me trae infinidad de recuerdos.

 

 

 

 

 

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Todo mundo tiene derecho a equivocarse, pero temen asumir sus errores. Es difícil encontrar a personas auténticas y sinceras. Conmigo encontrarás más que eso.